Era 1967 cuando el primer festival de música se llevaba a cabo en busca de cielo abierto y de un espectáculo más acorde a las expectativas flower power del público. 40.000 personas se acercaban a Mount Tamalpais (San Francisco) dejando saldos positivos para todas las partes. La oportunidad comercial quedó a la vista de todos.

Dos años más tarde, un grupo de jóvenes con idea de montar una productora en Woodstock, propusieron un festival de música y paz para recaudar fondos. El show comenzaría el viernes 15 de agosto de 1969 con un público estimado de 60.000 asistentes.

Para el 13 de agosto, 50.000 personas acampaban en el predio improvisado: una granja de alfalfa con 600 baños químicos y alambrados de papel. Afuera, los accesos se atascaron. Los jóvenes empezaron a dejar sus vehículos donde se habían quedado y caminaban con acolchados o comida a cuestas durante kilómetros para poder llegar a destino. Al momento de comenzar el festival a las 16hs del día viernes, el artista inicial (Sweetwater) continuaba preso del tráfico.

Mientras buscaban un helicóptero que permitiera su rescate, las puertas del festival colapsaban y los fans ingresaban por donde podían. Para evitar disturbios, se anunció desde el escenario que la entrada era gratuita. 100.000 personas más ingresaron a la granja, miles estaban en camino. Pero el agua comenzó a escasear para cuando ya no había más comida disponible para la venta.

A medianoche, mientras tocaba Ravi Shankar (que nada tiene que ver con Sri Sri), llegó la lluvia que seguiría durante todo el fin de semana. El barro formaba ríos, los escenarios endebles cedían, los micrófonos pateaban a los artistas, pero la sed y el calor ya no serían un problema.

Al ritmo del rock, cientos de miles de jóvenes estaban poéticamente resistiendo ante la adversidad, demostrando al mundo que la convivencia pacífica -aún en condiciones extremas- era posible. Compartían sus recursos, se ayudaban ante distintas problemáticas, nadie tocaba lo que no era de su pertenencia.

Al día siguiente el gobierno declaró la zona en emergencia. Se envió comida por aire y se cerraron las rutas para evitar mayor concurrencia. Entre tanto, dos personas murieron, dos nacieron, espectáculos épicos se desarrollaron sobre el escenario y los ácidos llenaron el aire de color.

El fin de semana terminó con el himno de los Estados Unidos tocado en la guitarra de Jimi Hendrix. Cuando el público comenzó a entonar la letra, Hendrix distorsionó la música todo lo que pudo. No quería que cantaran, quería que escucharan. Los acordes se convirtieron en sonidos de bombas, misiles, destrucción. La guerra de Vietnam regresaba a la mente de todos.

500.000 americanos se contaban en Vietnam, 500.000 ciudadanos del mundo asistieron a Woodstock. El último medio millón, entre música, drogas, sexo, barro, hambre, sentó las bases de nuestras banderas de hoy. Juntos entonaron un nuevo himno universal de amor y libertad.

Woodstock dejó perdidas millonarias para los muchachos que buscaban recaudar fondos entre helicópteros, comida, puertas abiertas. Pero la película documental lanzada en 1970, sumada a los discos de música y la difusión en la prensa por la controversia (Retratando cómo había quedado el predio y alegrando solo eran hippies nadando en basura, ahogados en nubes de marihuana. ¿Aunque no era mayor desastre el que estaba dejando la guerra?), los hicieron pasar a la historia. Ellos permitieron expandir los ideales del hippismo en el mundo entero.

Si existe algún precedente testigo de que hoy podamos mostrar nuestro cuerpo, experimentar aquello que nos tiente, disfrutar de nuestra sexualidad y luchar por nuestras creencias aún en contra de los dueños del mundo, ese es el Festival de Música y Paz Woodstock de 1969.